30 ene. 2020

Empatizando con el dolor


Hace poco tuve una plática con alguien sobre cómo se manejan los incidentes dolorosos cuando le ocurren tanto a los demás como a uno mismo. Hablábamos de cómo la inevitabilidad de las cosas que ocurren en el curso natural de la vida sumado a la completa incertidumbre en que estamos sumergidos día a día puede crear a dos extremos: el que empatiza de más, o bien el ya insensibilizado. Y claro, de pronto ahí surge uno que otro que sí sabe equilibrar las cosas como son.

Me preguntó esta persona con la que hablaba cuál era el recuerdo más feo que tenía donde se tratara de alguien desconocido por completo que me hubiera causado pesar, y que tal vez se quedó conmigo por mucho tiempo. No tardé mucho en responderle que hay uno que hasta la fecha lo recuerdo de forma tan clara como si hubiera sucedido apenas ayer. Mientras que otros recuerdos de la propia vida de uno a veces van nublándose y cuando te vienen a la mente ya no tienen esa nitidez, hay otros que de plano se imprimen.

Este recuerdo del que hablo es de un incidente que ocurrió cuando estaba muy chico, apenas en la adolescencia (esos tiempos añorados). Iba a clases usando el transporte público, tenía que tomar dos camiones para llegar. Ese día era muy temprano; como 20 minutos para las 7 am. Acababa de tomar el primer camión apenas. De esas veces en que ves como un milagro (y un alivio a la vez) que no se llenara tanto, quizá porque otra unidad había pasado antes con un minuto de diferencia, o quién sabe. Pude conseguir un asiento y, como suelo preferir, fue el de la ventana.

No teníamos ni 10 minutos de avanzar cuando llegamos a un cruce donde había antes un monumento de cierta figura pública, una estatua, a contraesquina de una gasolinera. Cuando estábamos acercándonos a la altura de la estatua metálica de expresión perturbadora, empecé a notar algo de conmoción en la gente que iba en el camión y se empezaron a asomar por las ventanas. Esto me sacó de la que era mi costumbre cada que iba en el camión o en el metro: perderme en mis propios pensamientos. Y me sacaron de golpe de ellos, porque unos decían tal o cual expresión de asombro ya fuera maldiciendo o con expresiones religiosas. "Un accidente" - decían - "Atropellaron a alguien".

Cuando estábamos ya justo ahí, el camión se detuvo unos instantes, tanto para subir gente como también por el tráfico. El cuadro era triste y horrendo a la vez. Había un montón de gente y un camión ya vacío algo más adelante, aquel que había atropellado a la víctima. Los pasajeros se habrían bajado y mezclado con los demás curiosos que se acercaron. En la calle y subiendo a la banqueta, un rastro de sangre que llegaba hasta la persona ya sin vida: una chica muy joven en uniforme escolar, tendida ahí a lo largo. Y junto a ella y sujetándola, el padre. "¡Hija, hija!" gritaba el pobre hombre alargando la palabra hasta que su voz se convertía en un chillido. El rostro se le desfiguraba casi por lo rojo que estaba y la forma en que abría la boca a mas no poder e incluso soltaba saliva. Volvía a gritar enmedio del llanto y a veces el grito se oía como si hiciera gárgaras, de una forma que me dio tremenda pena y escalofríos.

El camión avanzó y dejamos atrás la escena. Fui a clases y ya después no supe mas del asunto. No busqué en las noticias ni nada, pero la escena se quedó conmigo hasta el presente. Otros tristes recuerdos me afectaron en aquellos tiempos, como un amigo que murió y el accidente de una chica que me gustaba. Pero este caso tenía la particularidad de que me hizo empatizar con un desconocido y su dolor, magnificado hasta el punto del infinito. No le conocía a él ni a su hija. No podiá saber cómo era el papá como persona, o cómo fue ella durante su corta vida. Solo que sentí su dolor tal cual, como si fuera propio. Empatizando con el dolor que era el conductor de semejante shock. Y así estuve por un tiempo, con esa penosa imagen en la mente, reflexionando sobre ese incidente que se añadió al archivo de otros, y sobre el azar mismo que nos gobierna y nos impide tener la certeza de las cosas que tanto desearíamos. Una más de las cosas que reafirma algo que hasta la fecha sigo diciendo: qué injusta es la existencia, con su cláusula de vejez y muerte obligatorias, pero no solo eso, sino la imposición de una incertidumbre que nos gobierna. Cláusulas que no se nos permite cuestionar y mucho menos saber el porqué de ellas.
Leer Completo ...

17 ene. 2020

La vecina de la tiendita

Hay una persona en particular que nombré tiempo atrás en un par de relatos que escribí. Aunque la mencioné poco, la verdad debo decir que es de las personas con quienes más seguido hablaba, y por qué no decirlo, que llegué a tenerle un cierto nivel de afecto.

Les hablo de la señora dueña de la tiendita a la vuelta de donde está la casa donde crecí. Recuerdo que empecé a ir cuando abrió la tienda, que fue cuando yo tenía como 9 o 10 años de edad. Pronto fue ya conocida de todos los vecinos, incluyendo por supuesto a mis padres, y ya era común y conveniente ir ahí, por su cercanía. Así me evitaba también mis corajes por el redondeo.

A medida que fui creciendo y atravesé la adolescencia, la señora de la tiendita estuvo ahí. He de decir que sí tomábamos muchos a broma el evidente gusto por el chisme que tenía. En ocasiones se enteraba de cosas mías y de otros tan rápido que decíamos que parecía la mismísima internet. Me preguntaba o de plano opinaba ya de forma directa cuando se enteraba de que andaba yo con tal o cual chica de la colonia, o que mínimo había salido con ella. No me lo tomaba a mal; a otros les puede sonar invasivo y grosero, pero ya a ese tiempo llevábamos construída una confianza mutua en que podiamos decirnos y aconsejarnos cosas: ella sobre mi vida social, y yo a ella sobre sus cuidados relativos a su salud, y de pronto algún debate sobre algún tema discutido sobre el mundo en ese momento.

En mi escrito sobre C (chica que me gustaba), menciono a la señora y de cómo jugó un papel en ese asunto, y de paso de cómo acostumbraba llamarme un "corazón de hotel", jaja. Eso siempre me hizo gracia, era de sus frases recurrentes conmigo. También aparece, justo al inicio, cuando escribí sobre el afán de culpar a otros. Su hija, que también es nombrada en el mismo, falleció de pronto y la señora quedó sola en casa (era viuda). A pesar de que esa hija, como conté en esa publicación, era de un carácter muy volátil y discutía mucho con ella, era a su vez de esos casos donde a pesar de que hay elementos tóxicos en la relación, ya se había formado una simbiosis funcional de la cual ambas dependían. No es raro ver eso y dichos casos se ven en distintas modalidades en la sociedad.

Ya cuando se quedó sin la hija y a pesar de los cuidados de su hija mayor, quien vive por su cuenta, vi en la señora un cambio tras esa aparente fuerza y aguante que quiso mostrar siguiendo aún con su tiendita siempre abierta, se notó en sus ojos cuando se rindió. La señora murió en tiempo reciente, luego de estar hospitalizada tras complicaciones de salud. No seguía las medidas para cuidarse ya. Yo solía decirle "Mire, usted y yo somos camaradas, ¿a poco no? En ese plan y confianza le digo, haga caso a lo que le recetan y le indican". Me decía que sí, se sonreía, y demás. Pero es claro que su decisión estaba tomada ya cuando se dejó ir. Quién sabe qué tantas cosas habrá reflexionado para llegar a tal punto.

Cuando muere alguien con quien interactúas de forma constante y que ha estado ahí en eventos de tu vida, es un pequeño pedazo de ti que se va también, es lo que siempre he sentido. Y no siempre es un familiar o un amigo cercano, a veces son esos personajes que son los actores de reparto en el largometraje de tu existencia. Me llevé bien con ella, reíamos y bromeábamos cuando iba a su tienda a comprar algo, y creo que le escuché y le aconsejé hasta donde pude. No fui a su sepelio; tengo ideas particulares sobre los funerales y gente que va a ellos, pero sobre todo, creo que es nocivo contemplar a la persona exhibida inmóvil como una figura de cera, y me parece mejor recordarles como eran aún vivos. Y claro, recordar los momentos agradables con ellos.
Leer Completo ...

5 ene. 2020

No era así antes


Hace apenas un par de días estaba en la tienda, en el pasillo de vinos. Un súbito impulso mamón, pero en realidad estaba considerando si me llevaba un vino tinto para variar un poco lo que acostumbro tomar mientras me encuentro como es usual, solo en casa, y pensando en cuándo acabará todo. Suele ser whisky y Coca-Cola, pero esta vez por alguna razón, como dije, ahí estaba pensando si elegir algo.

Me vino de pronto una sensación de que alguien me miraba. Creo que muchos conocen esa sensación, a veces se siente como un escalofrío, y otras es una sensación un poco más tolerable, tal vez incluso agradable. Esta vez no. Me recordó los tiempos de la escuela siendo niño donde podía sentir esa incomodidad en la espalda y al voltear, ahí estaban las niñas riéndose y viendo hacia donde estaba. En vez de voltear directo a donde sentí que venía (hacia donde estaban los congelados, si tuviera que ser preciso, aunque ahora que lo pienso no se si sea necesario), lo que hice fue quedarme mirando al mismo sitio que antes mientras que de reojo intentaba detectar si había alguien viéndome o si era, tal vez, solo mi imaginación.

No sé por qué quise manejarlo así, pero lo atribuyo a lo cansado que andaba ya a esas horas. Fastidiado luego de haber estado trabajando a lo largo de ese día. Vi a una mujer. Apuntaba su celular desde el final de ese pasillo hacia donde yo estaba, y lo guardó de pronto a pesar de que no volteé. Al final si lo hice, tenía que verla después de todo, ya cuando de reojo noté que se había movido y empezaba a caminar. Venía con un sujeto, y se acercó a este empezando a empujar el carrito que traían también.

No iba a quedarme con la duda, y caminé por un pasillo distinto para alcanzarlos y verlos desde atrás. Cuando la vi no me tomó mucho acordarme de quién se trataba: una antigua amiga, amante, o como sea que deba decirle. En tiempos en que anduve con la novia con la que más duré, que fueron varios años, ella era una de sus amigas. Una cosa llevó a la otra y tuvimos algo por un tiempo, para luego cuando se terminó sabiendo lo que ocurría entre nosotros, verla armar una serie de exageraciones y victimización donde poco faltó para que dijera que la embrujé o la manipulé o algo así, y por eso pasó. El mismo tipo de absurdo para culpar al hombre que se ve en el presente aún más que en el pasado. Por quedar bien ella, es por eso que lo hizo. Nunca le traté mal, todo lo contrario. Pero sí, sé que muchos dirían que el final era acorde a andar de infiel. Las historias de infidelidad tienen por común mucha pasión, placer, y diversión al principio, y finales malos.

Cuando la vi al principio apenas guardando su celular para luego empezar a caminar, alcancé a notar que se sonreía. Ya cuando iba caminando tras de ellos a prudente distancia y reconocí quién era, pensé que de seguro me tomaba foto o video para compartirla con quién sabe quién. No sería el que la acompañaba, que será su esposo o novio, pues el tipo parecía en su propio mundo. Pero lo que sí estuve casi seguro es que a quien sea que le compartiera mi imagen, sería para burlarse un rato. O hasta para un meme, aunque creo ya sería demasiado, pero es la idea. Ver qué mal se ve el blanco de su observación, qué tan viejo o feo está, qué ruina es en comparación a N años atrás.

Y es que esos N años, respondería yo si le hablase, no son cualquier cosa. Tú misma no eres tampoco quien eras antes. Pero en aquel tiempo no eran fotos y burla lo que hacías respecto a mí. Te tuve desnuda y te gocé de distintas maneras. Metí mis dedos, lengua, y pene por tus orificios. Y dado que jamás fui alguien de dinero, atractivo, o poder, infiero que estabas ahí porque te gustaba lo que estaba ocurriendo. ¿El placer ahora es contemplarme así? Incluye por favor, entonces, la aclaración de que a esa cosa que compartes para reírte de cómo se ve es a la que te entregaste, y con la que sudaste y gemiste. Y no fue solo una vez. Ya luego inventa lo que quieras, quizá que ese monstruo te tenía ahí obligándote y hasta en traje de esclava sexy te tenía y encadenada, hasta que llegaron a salvarte. Pero tú y yo sabemos que la realidad fue otra.
Leer Completo ...