25 oct. 2007

Grabados de la película La Novena Puerta (The Ninth Gate)

The Ninth Gate (en España, La novena puerta; en Latino América, La última puerta) es una película de 1999 basada en la novela de Arturo Pérez-Reverte El club Dumas.

Dean Corso (Johnny Depp) trabaja de forma confidencial, con sumo cuidado, dotado de una sólida cultura, nervios de acero y pocos escrúpulos. Su reputación le ha servido para recibir la llamada de Boris Balkan (Frank Langella),un apasionado de los textos demoníacos que quiere encontrar los tres últimos ejemplares del legendario manual de invocación satánica De umbrarum regni novem portis: Las nueve puertas del Reino de la oscuridad. De Nueva York a Toledo y de París a Sintra, Corso se verá inmerso en un laberinto lleno de peligro, tentaciones, aterradoras sorpresas, violencia y muertes inesperadas.

Los grabados del libro: DE VMBRARUM REGNI NOVEM PORTIS.

En el filme, el libro "DE VMBRARVM REGNI NOVEM PORTIS", alrededor del cual gira toda la trama, fue escrito e impreso por Aristide Torchia en Venecia en el año 1666 y contiene 10 xilografías básicas: Una en la "portadilla" del libro y que viene a ser algo así como una portada de identificación, ya que en la portada externa de cuero no hay título alguno que identifique la obra y 9 grabados más, los cuales están numerados del 1 al 9, con textos codificados en latín al pie de página.

De cada uno de los grabados numerados, hay dos versiones ligeramente diferentes del mismo dibujo, una firmada por el propio Aristide Torquia (AT) y otra firmada por Lucifer (LCF). Hay que aclarar que los grabados que aparecen en la novela "El club Dumas" no son exactamente idénticos a los que se aprecian en la película "The ninth gate", éstos últimos están más estilizados.

A continuación, se expone una breve descripción de cada una de las xilografías que se pueden ver a lo largo que transcurre la película.


Grabado I: Se trata de un caballero vestido de armadura y montado a caballo que se dirige hacia un castillo amurallado con varias torres. El caballero, con un gesto de la mano, nos invita a hacer silencio. Al pie de la página se reproduce el siguiente texto en código: "NEM. PERV.T QVI N.N LEG. CERT.RIT." (en la novela) cuya decodificación en latín sería: NEMO PERVENIT QVI NON LEGITIME CERTAVERIT, que significa "Nadie que no haya combatido según las reglas lo consigue"; por el contrario, en el filme aparece el siguiente texto en código: "SI.VM E.T A.V.VM" que decodificado al latín sería "SILENTIVM EST AVREUM", "El silencio es oro".

Hay dos versiones de éste mismo primer grabado, uno firmado por AT (Aristide Torchia) y otro firmado por LCF (Lucifer).

En el grabado de AT: El caballero va hacia un castillo con cuatro torres.

En el grabado de LCF: El caballero va hacia un castillo con tres torres.


Grabado II: Se nos presenta la imagen de un ermitaño con barba que porta un par de llaves en una de sus manos, disponiéndose a utilizarlas en una puerta de madera con aldaba que se encuentra cerrada; un perro negro lo acompaña (históricamente se asocia a el Diablo con los perros negros) y a sus pies, arde una lámpara. Por detrás y sobre la cabeza del ermitaño flota en el aire la imagen del número nueve en hebreo. Al pie del grabado se reproduce el siguiente texto en código: "CLAVS. PAT.T.", cuya decodificación en latín sería CLAVSAE PATENT, que significa "Abren lo cerrado". Éste grabado se relaciona con la carta 9 del Tarot: El ermitaño.

En el grabado de AT: El ermitaño sostiene las dos llaves en su mano derecha.

En el grabado de LCF: El ermitaño sostiene las dos llaves en su mano izquierda.


Grabado III: Tenemos a un caminante errabundo se dirige por una senda hacia un puente abovedado sobre un caudaloso río. La entrada al puente está bloqueada por una puerta de madera que se encuentra cerrada. En el cielo, por sobre las nubes, un ángel tensa su arco con una flecha certera apuntando hacia la orilla más cercana. Al pie del grabado se reproduce el siguiente texto en código: "VERB. D.SVM C.S.T ARCAN.", cuya decodificación sería "VERBVM DIMISSVM CVSTODIAT ARCANVM", que significa "La palabra perdida guarda el secreto". Éste grabado se relaciona con la carta 20 del Tarot: El juicio.

En el grabado de AT: El ángel tiene una sola flecha, la que está en el arco.

En el grabado de LCF: El ángel tiene dos flechas, una en el arco y la otra en el carcaj.


Grabado IV: Se nos presenta un personaje similar a un bufón o juglar que se encuentra frente a un laberinto amurallado. A sus pies, cerca de él, un trío de dados nos muestran respectivamente cada uno los siguientes números: Uno, dos y tres. La entrada al laberinto está cerrada por una puerta de madera. Al pie de éste grabado se reproduce el siguiente texto codificado: "FOR. N.N OMN. A.QVE.", cuya decodificación en latín sería "FORTVNA NON OMNIBVS AEQVE", que quiere decir "La suerte no es igual para todos". Éste grabado se relaciona con la carta sin número del Tarot: El loco.

En el grabado de AT: El arco de piedra abovedado, en la salida del laberinto, está tapiado.

En el grabado de LCF: La salida del laberinto (el arco de piedra) está abierto.


Grabado V: Dentro de una habitación cerrada, vemos a un mercader que está contando muchas monedas guardadas dentro de un saco. Detrás de él, un esqueleto vestido con túnica (la Muerte) observa con atención todos sus movimientos... El esqueleto lleva en una mano una horqueta de campesino, similar a un tridente y en la otra mano, un reloj de arena. Al pie de ésta lámina se reproduce el siguiente texto en código: "FR.ST.A.", cuya decodificación en latín sería "FRVSTRA", que significa "En vano". Éste grabado está relacionado con la carta sin nombre del Tarot: La muerte.

En el grabado de AT: Las arenas que marcan el tiempo, están comenzando a caer (están en la parte superior del reloj).

En el grabado de LCF: Las arenas ya terminaron de caer.


Grabado VI: Vemos que del muro de un castillo y amarrado de una de las almenas, pende boca abajo un condenado, el cual está colgado de uno de sus pies; sus manos están atadas a la espalda. En la pared contigua y por sobre una puerta de madera que está cerrada, se asoma un brazo a través de una ventana, sosteniendo una espada en llamas. Al pie de éste grabado vemos el siguiente texto en código: "DIT.SCO M.R.", cuya decodificación al latín sería "DISTESCO MORI", que significa "Me enriquezco con la muerte". Éste grabado está relacionado con la carta 12 del Tarot: El ahorcado.

En el grabado de AT: El hombre cuelga de la pierna derecha.

En el grabado de LCF: El hombre está colgado de la pierna izquierda.


Grabado VII: En una habitación cerrada, vemos a un rey barbudo jugando una partida de ajedrez con un campesino. El tablero no presenta diferencias de color en sus casillas, es decir, es monocromo. Al fondo de la habitación, a través de una ventana abierta, se observa la Luna Creciente y bajo el dintel de la abertura, dentro del recinto, dos perros (uno negro y otro blanco) pelean encarnizadamente entre sí. Al pie del grabado se reproduce el siguiente texto en código: "DIS.S P.TI.R M.", que cuya decodificación en latín sería ésta "DISCIPVLVS POTIOR MAGISTRO", que quiere decir "El discípulo supera al maestro". Éste grabado se relaciona con la carta 18 del Tarot: La Luna.

En el grabado de AT: El tablero de ajedrez es todo negro.

En el grabado de LCF: El tablero es todo blanco.


Grabado VIII: Observamos que en el exterior de una fortaleza, un caballero de armadura eleva su espada por sobre la cabeza de un hombre (una doncella en el grabado de la novela) que de rodillas, aguarda entre rezos el momento de su ejecución. Al fondo del paisaje se observa la clásica imagen de "La Rueda de la Fortuna" mostrando sus tres estados de la suerte terrenal, que son: progreso, riqueza y ruina. Al pie se reproduce el siguiente texto codificado: "VIC. I.T VIR.", cuya decodificación en latín sería algo así como "VICTA IACET VIRTVS", es decir, "La virtud yace vencida". Éste grabado se relaciona con la carta 10 del Tarot: La rueda de la fortuna.

En el grabado de AT: El caballero con armadura no tiene un halo o aureola alrededor de su cabeza.

En el grabado de LCF: El caballero sí tiene el halo.


Grabado IX: Vemos a una mujer desnuda que sostiene con una de sus manos un libro abierto. Está sentada sobre un dragón de siete cabezas y por detrás de ella, se puede apreciar un castillo. Al pie de éste grabado se reproduce el siguiente texto en código: "N.NC SC.O TEN.BR. LVX", cuya decodificación en latín sería "NVNC SCIO TENEBRIS LVX", lo que significa "Ahora sé que de las tinieblas viene la luz". Éste grabado está relacionado con la carta 11 del Tarot: La fuerza.

En el grabado de AT: La mujer sentada sobre el dragón tiene una Luna Creciente ocultando sus genitales. Su mano derecha se apoya en el lomo del dragón y el castillo al fondo está en llamas.

En el grabado de LCF: La mujer tiene sus genitales al descubierto (no hay Luna). Su mano derecha señala con el dedo índice al castillo que está al fondo... Y el castillo mismo no está en llamas, sino que hay un resplandor en forma de estrella de ocho puntas saliendo de él.

Palabras del Ritual en La Novena Puerta

En la película, la mansión es usada por la secta lidereada por Liana Telfer para llevar a cabo una ceremonia que de pronto resulta interrumpida. Aquí se transcriben las palabras dichas en ella, y su significado:

Octo portae antecedunt Serpentum qui verbum custodit.
Detrás de las ocho puertas está la Serpiente que custodia la Palabra.

Serpens bestia est qua nunquam dormit, bestia cuius occuli videntur in speculo scientiae.
La Serpiente es una bestia que nunca duerme, la bestia cuyos ojos son vistos en el espejo del conocimiento.
Ne timemus nec laqueum, nec gladium,nec venenum.

No tememos a la soga del verdugo, ni a la espada, ni al veneno
Intacti eamus inter lepra et pestilentia contaminatos.

Permanecemos intactos entre aquellos contaminados con la lepra y peste.

Verbum quad ultima occultat arcana est Novem, Teth, Ennea, Oded.
Gloria sit Adonai, Eloim…

La palabra que oculta el último secreto es Nueve, Tet, Ennea, Oded
Gloria a Adonai, Eloim...
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24 oct. 2007

El Don


(Del libro de A.S. Cuentos de Humanos)

Ya ni recordaba cuánto tiempo había pasado desde la última vez que vi al viejo. Tan solo ocurrió que un buen día sonó el teléfono y me apresuré a contestar. Era él, que por la voz tampoco debía haber dormido demasiado. Siempre tuve la sospecha durante mis noches de desvelo que justo en ese instante él deambulaba también en su casa sin poder conciliar el sueño. Me saludó como siempre, los dos respetando ese código del obligado y mutuo “¿Cómo estás?”. Hablamos de otros detalles familiares que en realidad no sé si le interesen, y quedamos para comer. 2 de la tarde pareció una hora razonable para los dos.

Colgué el teléfono, y por un momento me quedé sentado en mi solitaria casa con mis propios pensamientos. Respiré hondo y eché la cabeza hacia atrás un momento, contemplando los pocos retratos familiares que traje al mudarme. No había mucho que hacer de todos modos aquel día; los pocos pendientes que tenía los había resuelto el día anterior, y ya en sábado contaba con tiempo libre. A decir verdad, tanto tiempo libre que en ocasiones confieso me asfixiaba. Ahora entendía a qué se referían quienes continuamente venian a mi diciendo que iba a extrañar la escuela al instante de graduarme. No fue sino hasta que termine preparatoria y luego la universidad que me di cuenta que efectivamente tenían razón. No porque uno extrañe a un idiota maestro que dice mentiras para reforzar su punto, o alguno que es tan ignorante que nadie sabe cómo llegó a tomar ese puesto.

Lo que uno extraña es el propósito. El fin que uno persigue, y que a la vez provoca expectativa e ilusión. Hasta que llegas a un punto en la vida donde te das cuenta que lo que queda es solo trabajar. Trabajar en lo que sea y cuando sea, para sobrevivir. Y así tengas el mejor empleo o la peor basura de salario, a fin de cuentas eres un ser efímero, que sobrevive como puede mientras llega su último día de existencia. No hay más allá. No hay una persona amada que alcanzar y con la cual tejes mil fantasías e ilusiones, pues o ya vino y se fue, o ya te estableciste con ella y la verdad dista mucho de tu loca y romántica imaginación. Tampoco persigues ya una mayoría de edad, ni un título, ni te es tan fácil el emocionarte con salidas y eventos como cuando eras más joven. Estaba seguro que eso era lo que le pasaba al viejo. A la edad que tengo ahora, él ya era mi padre. Y los hijos rara vez se detienen a pensar qué sueños, aspiraciones, o proyectos tuvieron sus padres antes. Mismos que fueron directo al olvido cuando debieron dedicarse a cuidar a un recién llegado al mundo. ¿Qué habrá querido hacer en su juventud? ¿Soñaba con el reconocimiento, la fama? Tal vez algún día se lo tendría que preguntar. Lo cierto es que debía alistarme e ir al restaurante donde quedamos de vernos. Así lo hice, y unos treinta minutos después iba en camino.

Al bajar del taxi en el estacionamiento, sentí el impulso de mirar al cielo. A pesar de apenas ser esa hora, era de esas tardes tristes en donde parece estar cerca el anochecer. Un apagado cielo sobre un apagado mundo, en donde me topé con un limosnero tan solo en el camino del estacionamiento a la puerta. Le puse atención por unos momentos mientras arrojaba por la boca una sarta de mentiras sobre sus desgracias, que solo los de corazón o mente débil se creen. De todos modos le di unas monedas y lo vi desaparecer. La hostess abrió la puerta antes que pudiera acercar mi mano siquiera para jalarla, y luego de darme la usual bienvenida, le informé que alguien me esperaba. Una mirada rápida al área de fumadores (pues había especificado que necesitaba estar ahí) y lo vi. De traje gris, nunca sin su corbata perfectamente alineada. Y ya canoso el cabello que le queda, pues hace ya años perdió buena parte de él. Le saludé con un abrazo breve y nos sentamos. Frente a frente, su primer comentario fue acerca de mi costumbre de vestir siempre de negro, y si no me parecía un disparate hacerlo aún en pleno verano. Atiné a dar alguna respuesta ingeniosa, y nos sentamos. Pedimos las bebidas (curiosamente, teníamos en mente el tomar lo mismo) y hojeamos el menú como si en verdad estuviéramos prestando atención a cada platillo.

El restaurante tenía ingeniosas decoraciones de señales de carretera, flyers de conciertos, y fotografías en blanco y negro de épocas y eventos olvidados. Meseros moviéndose de una mesa a otra y hablando a los clientes como amigos, pues la propina es un premio a la habilidad social que éstos tengan. La chica que nos atendió tendría a lo mucho unos 19 años, de cabello castaño largo y una simpática sonrisa. Se quedó a prudente distancia, esperando a que nos decidiéramos a ordenar. Como siempre, salió a flote mi compulsión por las carnes; Desde pequeño hasta ahora, siempre he sido fanático de comer algo que haya tenido vida. De adolescente, solía reírme al pensar que eso era lo más cercano que iba a estar a ser un vampiro. Reí al acordarme de eso, y al decírselo al viejo, también rió por un momento. Luego volvió a su expresión habitual.

- ¿Y el trabajo? – me preguntó con una calma melancólica.
- Bien. Como puede esperarse – le contesté, moviendo mis piernas inquietamente, como buscando acomodarme de mejor forma.
- ¿Tu madre, tu hermano?

Le doy quizá la más prefabricada y repetida de las respuestas que he dicho en mi vida. Que por lo mucho que me fastidia, ni siquiera dire cual es. “¿Cómo te has sentido?” – le pregunto. Me responde favorablemente. Todavía puedo ver energía en sus ojos, la cual normalmente usa para su trabajo. Es un alivio que su jubilación está a la vuelta de la esquina. De pronto lo vi distraerse con uno de los televisores que están montados en las esquinas del lugar. Nuevamente uno de mis comentarios al momento surge, y le hago notar lo absurdo que me parece el que siempre proyecten un partido o evento en las imágenes, cuando lo que tienen puesto es música, y las t.v.’s están enmudecidas. Apenas tuvimos tiempo de hablar de ello, pues la mesera se acercó ya a tomar nuestra orden. Me decidí por un corte acompañado de puré de papa, verduras, y pan de ajo. El viejo prefirió una elaborada y llamativa ensalada con pollo y otras cosas incluídas que me dio pereza leer en la carta.

Otro momento de risa llegó al escucharse el lloriqueo convertido en graznido de hijo de una pareja que se sentó a dos mesas de nosotros. El niño contaría con unos 6 años a lo mucho. Sus pobres excusas de padres maniobraban con otros dos niños mas pequeños en brazos, buscando sentarse. Dediqué unos instantes a observar a la madre; no en una forma morbosa, como hacen los patanes. Más bien en un intento de llegar a su alma, adivinar qué sentía en ese momento de su vida. Debía estar cerca de los 30, aún guapa, pero con la apariencia y expresión de alguien que ya se siente derrotado. Se hizo el cabello para atrás con desesperación, pues le estorbaba en la cara mientras se inclinaba a dejar en buen lugar esa que es la bola de acero con grillete para las madres jóvenes: la pañalera. Ella ya estaba perdida. Podía notarlo de muchas formas. Y al ver al sujeto hablarle de mala manera, casi ladrándole órdenes, deseé a la pobre mujer que al menos tuviera por ahí a algún amante atento y cariñoso que la aliviara un poco de ese tormento familiar.

- Tan joven, y mira nadamás – subrayó el viejo, como anticipándose a lo que yo hubiera dicho.
- De hecho. ¿Sabes? A ésta edad me doy cuenta que rara vez está uno como solía imaginarse en la adolescencia. Siendo un niño jugando a hombre, que cree que a los 24 años ya será gerente en algún sitio, o un brillante médico, o un reconocido profesionista de otra rama. Se cree que todo estará resuelto más adelante.
- A los 60 no es muy distinto, te lo aseguro... – me dijo, casi arrastrando las palabras. Al verlo a los ojos, tenía esa mirada que no solía agradarme en absoluto. Esa que sabía era el preludio para adentrarnos a otro tipo de temas, algo que seguramente no me gustaría. Que se empeñaría en decirme que él es el espejo en el que DEBO verme, y aprender a no cometer los mismos errores. Y es cuando me lleva a reflexiones de qué ha sido, es, y será mi vida. Y es precisamente lo que menos deseo: efectuar un insight mientras espero ya comer.

Lo vi a punto de hablar, pero se detuvo al llegar nuestra mesera con la comida. Cuando nos sirvió, empecé a comer de inmediato, mientras el viejo se tomaba su tiempo incluso contemplando lo que le acababan de servir. Después se quitó los anteojos y comenzó a limpiarlos, confirmándome con esto que venía el sermón. Adopté una postura física defensiva, cruzando las piernas por debajo de la mesa, inclinándome hacia la izquierda y recargando el mentón sobre mi puño, luego de haber puesto sonoramente el codo sobre la mesa a pesar de la mirada reprobatoria del viejo. Casi era retarlo a hablar. Esperaba no se tornara en una discusión, cuando finalmente habló:

- Yo siempre he esperado ver que despegues. Que le des un rumbo a tu vida en que no te vea ya con ésa cara larga cada vez que nos reunimos.
- Ese “cada vez” es menos frecuente, tu lo sabes. – le dije, dando un trago a mi bebida.
- Pues así es, así es... Ya lo deberías de saber.
- Ya lo sé. Solo pienso en si pudo haber sido diferente. Dime – le dije, cambiando un poco la dirección de lo que hablábamos – Tú hablas de verme despegar. ¿A qué te refieres con eso?
- A algo de empeño en que seas alguien, hijo – me dijo con tono severo – Que de una vez por todas te des cuenta de tu potencial. Y si la oportunidad está en otro país, en otro continente, que tomes esa opción. Que crezcas de una vez. Que seas lo que muchos esperamos que llegaras a ser.

Palabras y más palabras. Me dejé llevar por la imaginación mientras asentía a lo que me estaba diciendo, ahora con más energía y pasión en sus palabras, como si fuera aún un padre joven e intentara salvar a su hijo aún adolescente de las drogas, la holgazanería, o algún otro mal social actual. Un pequeño diablillo pareció materializarse en mi hombro, sentado y con un arpa negra en sus manos, recitando unas palabras incomprensibles para mí:

Oh, tan linda mi onírica mujer, tan dulce que has de hablar y tan bella que has de ser
¿Qué cosas han entrado y salido, de entre esas dos columnas que siempre abres al coger? Dime niña, dime niña, que me sueñas y me anhelas como en la primera vez
Pues me quieres e idolatras cual puberta en su idiotez...

Tan simplonas palabras de tan simplón genio diabólico me llevaron a sacudir un poco la cabeza y hacer un gesto de desagrado. El viejo me preguntó si algo de la comida me supo mal. Le dije que se me había ido un trozo demasiado rápido y tosí brevemente. Continuó entonces hablando, y concluyó luego de un minuto sus buenos deseos hacia mí, expresados con la calidez con la que los diría un veterano sargento instructor en el ejército.

- Tenemos que discutir un cierto asunto de una vez – me dijo de pronto.
- ¿Cuál es?
- El que te des cuenta que puedes ser feliz. Ésa debe ser tu meta ya ahora.
- Una meta mucho más complicada que el alcanzar una admisión a una escuela. O un título profesional y una cédula.
- ¡Ahora es cuando te tienes que preguntar para que fue todo eso! – me dijo, en ese tono de voz que me desagrada tanto nuevamente, como hablándole a un niño – Preguntarte qué te deja el esfuerzo del trabajo y lo demás. ¡Que levantes ése animo, chingado! Si tuviera tu edad...
- ¡Ah, no! – le interrumpí – No caigamos en esas frases cliché, tan ilógicas y torpes. Tú dices eso de mi, y a la vez puedo yo decir lo mismo, pensando en un niño de 15 años. Y el de 15 años puede pensar (si es que se detiene un momento en su jovial vida) que a la edad de nosotros es el paraíso de la independencia y plenitud. Y al final estamos todos pensando en algo que no vamos a alcanzar. Esa juventud y plenitud son el Santo Grial. Y no somos el pinche Indiana Jones, padre. De veras que no.

Por fin tuve su atención. Me dejó hablar, y es así como pude explicarle que ya tenía la certeza de que las cosas se habían terminado para mí. Hacía un año y fracción había tenido una ruptura amorosa la cual, junto con otros incidentes, hizo difícil el avance en otros proyectos. Y el viejo estaba ahí siempre, siendo el antídoto y el veneno a la vez; sermoneándome por mis fallas y enseguida dándome aliento y esperando la respuesta de un hombre-máquina. Le dije todo de forma rápida, atropellándose las palabras unas con otras, como en cascada. Cómo ya había perdido la esperanza de realizar el sueño del hombre común: dejar un legado, intentar perpetuarse a través de hijos, de la formación de una familia. Le dije, mientras la gente reía y conversaba de estupideces a nuestro alrededor, que la alegría y yo ya éramos agua y aceite. Y que tenía que adornar en todos lados mi cara de desesperanza con la más falsa y asquerosa de las sonrisas, solo para evitar los cuestionamientos de la gente, que en su mayoría son por el maldito morbo y no por genuina preocupación e interés.

Y entonces nos quedamos un momento viéndonos fijamente. Sin palabras, y sin cambio en nuestra expresión. Como dos títeres colgados en algún lado, dando la cara uno al otro. Ambos sujetando nuestros tenedores con la misma postura, los dos con un bocado en ellos esperando ser llevado a la boca. Juro que podía casi oír el engranaje de la bien nutrida mente del viejo, trabajando para idear algo novedoso que de alguna manera disfrazara su propia certeza de que lo que le decía era la verdad. Él lo sabía; lo atrapé desprevenido ésta vez. Tuvo la suerte de que al momento de estar ya dejando salir su respuesta –tal vez una desatinada- nuestros teléfonos celulares sonaron al mismo tiempo. Una amiga me llamaba para saludarme, y a él, su pareja con quien vivía hacia algunos años luego de su divorcio. Colgamos, y entonces se lanzó a la carga:

- Tú vas a encontrar y a tener a una buena mujer. Debes tener a alguien a tu lado.
- ¿Debo? – repliqué, ahora si dando cuenta de ese atrasado bocado - ¿Por qué debo?
- Porque sé que cuando la tengas, y a tu familia, vas a tener entonces la paz que nunca te he visto tener.

Impresionante. ¿Era posible que el viejo se ablandara y dejara de lado su dureza habitual? Por un instante fingí demencia – O me hice pendejo, como se diría más coloquialmente – contando las burbujas de mi refresco con hielos, frente a mí. La mesa, en el natural color de la madera de la que estaba hecha, atrajo mi atención por igual, contando las líneas en su superficie. No seguían un patrón, eran inconstantes, algunas delgadas y débiles, otras marcadas y fuertes. Impredecibles, como el viejo y un servidor.

- Pon tu fe en tu hijo más joven, papá. Yo estoy terminado.
- ¿Cómo que terminado? ¡No sabes qué estás diciendo! Puedes disfrutar. Estás joven...

Aquí el viejo hizo una pausa al sentir mi mirada, clavada en él, exigiéndole sinceridad. “Pero no tan joven ya” rectificó. Le dije que nos hiciéramos a la idea de que la esperanza de continuar la familia a través de mi era ya algo extinto, que pusiera sus esperanzas en mi hermano para ello. Le dije de cómo día a día esos geniecillos siniestros se me mostraban y me hablaban, tentándome a unirme al bando donde ya no se sufre. Aquí solo movió la cabeza diciendo un mudo No, dejando en claro que le restaba importancia al asunto y no le cabía duda que yo sabría manejarlo. Pedimos la cuenta y salimos del restaurante. Caminamos por un momento en silencio, hacia su auto. Abrió su puerta y me preguntó en donde quería que me dejara. Le di las gracias y preferí quedarme y regresar por mi cuenta, así que nos despedimos. Me quedé ahí de pie viéndolo salir del estacionamiento e incorporándose al tráfico. Estaba nublado, la lluvia anunciaba su inminente llegada en el ambiente, teniendo como teloneros a los rayos que se veían a lo lejos. Otro pequeño monstruo se materializó en mi hombro a decirme más necedades al oído. Lo ignoré.

Pasó ya tiempo desde esa reunión con el viejo. Lugares, personas, y recuerdos se marchitaron al transcurso de los años. No sé que pensaría él ahora. Yo aquí sigo, no en mar de dicha y alegrías, pero con mi dignidad bien puesta.
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12 oct. 2007

Graffiti

vandalismo y graffiti en paredes

La gente en verdad me sorprende. No importa que tan reprobable sea una acción, siempre habrá una ingeniosa manera de adornarla y justificarla, queriendo aminorar la consecuencia que debieran tener los actos reprobables. Si una mujer es violada, culpar a su coquetería y a su llamativa forma de vestir, que "tentó" a los hombres. Si un idiota toma un arma y mata gente, la culpa es de los rockeros y la televisión. Y así sin parar, en una línea continua de culpas.

En esa misma línea cae el concepto del graffiti, y quienes en el presente lo realizan. El excusarse bajo el pretexto de quererse expresar contra una sociedad que está mal es algo ya muy gastado. Sin duda fue una vía de expresar el deseo de cambio e igualdad en épocas clave de la historia, mas ahora bajo esa misma bandera, la perrada satisface su deseo de dañar la propiedad ajena.

Odio a la gente que hace eso. No saben cuanto. Desde los animales que rayonean baños públicos y camiones, hasta los que hacen rayadero a gran escala en casas y edificios. Desearía que se les diera un castigo terrible. Arte urbano mis pelotas; de ninguna manera merece perdón esa gente que encima de hacer el daño, la mayoría de las veces ni siquiera escriben las palabras correctamente. Ya sea que pongan palabras en su propio lenguaje salvaje o imagencitas de la Virgen del Perpetuo Nosequemames. O peor aún, cuando en verdad se sienten poetas o artistas, siendo que lo que hacen o dicen está a años luz de ser trascendente u original.

Nada me daría más felicidad que tener el control sobre los castigos a impartir sobre los delincuentes como éstos. Adoraría tomar al azar un grupo de ellos y tenerlos bajo la amenaza de amputarles ambas manos la próxima vez que adornaran algún espacio público con su "arte". El simple hecho de saber que tendrían que volverse contorsionistas para poderse limpiar la cola después de cagar, les haría pensarlo dos veces antes de salir a hacer sus rayones con letras pedorras y monigotes ridículos. Espero en el futuro se endurezca la ley en contra de estos actos, no solo en papel, sino en verdad a la hora de dictar sentencia. He dicho.
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9 oct. 2007

Mi hater que se siente un intelectual


Hay un tal "Mike", que es el clásico que usa lenguaje rebuscado en vez de hablar de manera simple y directa, como debería hacerlo. Y no porque uno no le entienda (aunque crea que nadie más logra hacerlo y que su forma de hablar le coloca al nivel de las estrellas en el firmamento), sino porque lo corto y simple al opinar y/o debatir es siempre mejor. Se la ha pasado tirándome mierda en comentarios a casi cualquier cosa que publico algo.

Pueden deleitar sus ojos con la foto del tal Mike AQUÍ. Y lean un poco de su sabiduría:


• Mike dijo...
Recuerde buen hombre, que aquél que se casa con una ideología para siempre esta condenado a sufrir los sopores de la ignorancia ocasionada por uno mismo. Quiero suponer que poseé una edad relativamente joven.
Ya va siendo tiempo de que despierte, una segunda vez, claro, si es que se lo merece, pero por supuesto, antes hay que "madurar".

• Mike dijo...
je je je... pero lo bueno es que una persona como el recibe un "consejo" de fuente confiable.

Ahora; la pseudo-retórica que tratas de utilizar es imperfecta,e incurres en una bajeza al aprovechar (de una manera un poco más subjetiva) la situación para imponer las convicciones que TU has encontrado. Cuidado, ya que no son las únicas. Hay que recordar que las creencias o postulados que uno posee, no hacen mas que frenar la evolución hacia lo que se "debe ser".

• Mike dijo...
Me dan ganas de llorar, realmente.


Y varios comentarios más. No había dicho nada antes, pero mi respuesta al mencionado "Mike" es lo siguiente:

En este preciso instante estoy comiendo un helado. Sin decir marca, es uno de esos que traen dos sabores, de un nombre popular. Un barato producto, comprado en Wal-Mart cuando fui por la despensa de la casa, hace dos días.

Este rico helado va a ser digerido y viajará a través de mi cuerpo, descomponiéndose hasta llegar a ser caca. Esa misma caca será luego expulsada de mi organismo en un no muy agradable cuadro visual que probablemente asemejará a una tortuga asomando la cabeza fuera de su caparazón, o a una cascada de inusual color, dependiendo de en qué estado me encuentre en ese momento.

Ese peculiar cuadro visual, de una mierda cruzando el portal hacia su acuática tumba, es mucho más interesante que éstas y demás palabras tuyas (las de tus falsos y ridículamente pretenciosos blogs, que de seguro hiciste más de uno para que cupiera tu ego distribuyéndolo, en general), y fallidos intentos de parecer culto y en posición de criticar, "Mike". Te falta mucho, tanto en madurez como muchas cosas más. Anda, sigue alegremente saltando de un blog a otro exudando esa actitud pretenciosa.
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6 oct. 2007

Confesándose con Alexander Strauffon en su momento sombrío


X: Nunca pensé decir esto, pero esa música es poderosa. ¿Sabes? Me dejó mi novia. Yo la amaba mucho, teníamos 3 años de relación. Así que puse la música, me acosté y traté de relajarme.

Strauffon: Bueno, te debo decir que toda música es poderosa y se enlaza a determinadas emociones, dependiendo de qué eventos en tu vida ocurran en ese preciso tiempo.

X: Le mandé la letra de una de las canciones a mi ex. Ella odia las bandas que oigo, pero algunas canciones parecieron gustarle.

Strauffon: Te sugiero que no crees relación entre experiencias malas y tus canciones favoritas. Luego de un tiempo, escuchar un disco es como revolcarte desnudo en hiedra.

X: ¿En serio?

Strauffon: Hasta la que fue mi última relación, mantuve la tradición de, al ser dejado por alguien, ir a escuchar "Man that you Fear" de Marilyn Manson.

X: ¡Ah! Esa es como una receta para completar con comida, en pijama o sin nada, una pantalla mostrando lo que sea, y una botella de whiskey.

Strauffon: Atinaste en uno. Pero no soy yo el que está en ese intenso, oh intenso, momento de dolor, y renacimiento, y no sé que otras cosas poéticas.

X: ¿Entonces qué hago ahora? Yo pensé que ya tenía todo para la vida, que así ibamos a estar juntos siempre y lograr todas las metas de las que hablábamos. ¿Y ahora?

Strauffon: No sé. Yo ya escogí un item. Puedes quedarte con tu comida, tu pantalla mostrando películas o lo que sea, y la comida.

X: Eso no es gracioso. Te estoy hablando en serio.

Strauffon: Ah, ¿Tú quieres hablar en serio?

X: Sí, claro.

Strauffon: Y supongo que quieres hacerlo porque te consideras un adulto.

X: Pues sí, soy un adulto.

Strauffon: Entonces deja de creer que las cosas son eternas, muchacho. En especial, subrayado y resaltado, algo tan problemático e inestable como el amor.
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